Mujeres en la historia. Hildegart Rodríguez Carballeira: luces y sombras de una moderna del siglo XX

¡Ni diez minutos de metraje pasan hasta que en una de las primeras escenas de “La virgen roja!, la actriz Alba Planas recita los “mandamientos” de la revolución que defendió la Liga para la Reforma Sexual sobre Bases Científicas en la Europa del primer tercio del siglo XX.

A la Hildegart real, la que llegó a ser secretaria de dicha Liga en España, le llevó 16 años y 55 páginas. Lo hizo en uno de sus primeros libros: “El problema eugénico: punto de vista de una mujer moderna”, publicado en 1930, en el que lista como objetivos irrenunciables de dicha reforma los siguientes:

  1. Igualdad política, económica y social de hombres y mujeres.
  2. Liberación del matrimonio, y especialmente del divorcio, de la actual tiranía de que es objeto por parte de la Iglesia y el Estado.
  3. Concepción a voluntad, a fin de que la procreación se efectúe sólo deliberadamente y con el debido sentido de la responsabilidad
  4. Mejoramiento de la raza por la aplicación de los conocimientos eugenésicos.
  5. Protección a la madre soltera y al hijo ilegítimo.
  6. Actitud racional hacia las personas sexualmente anormales.
  7. Prevención de la prostitución y de las enfermedades venéreas.
  8. Considerar las perturbaciones del impulso sexual como fenómenos más o menos patológicos, y no, cual se hacía en el pasado, como crímenes u ofensas.
  9. Considerar sólo criminales aquellos actos sexuales que infrinjan los derechos sexuales; entre adultos responsables, llevados a cabo por mutuo consentimiento, se considerarán como asuntos personales de dichos adultos.
  10. Educación sexual sistemática.

La figura de Hildegart Rodríguez Carballeira volvió a ponerse de actualidad hace casi un año con el estreno de “La virgen roja”, dirigida por Paula Ortiz. Lo hizo con permiso de Almudena Grandes y su novela “La madre de Frankenstein” (2020), centrada en los últimos años de la madre de Hildegart, Aurora Rodríguez Carballeira. Y a pesar de ambos intentos (magníficas obras creativas, por otra parte), Hildegart y su aportación a la ciencia y al pensamiento continúan siendo grandes desconocidos. Las razones de ese desconocimiento son fáciles de entender. Por un lado, su muerte y por otro, la censura franquista. Hildegart fue asesinada a sangre fría por su madre y ese hecho hizo que su vida y obra quedaran ocultas por el suceso: cada vez que alguien habla de Hildegart termina poniendo el foco en Aurora. El nacionalcatolicismo y su imposición moral terminó de hacer el trabajo. Hasta ahora.

La historia contemporánea hace algún tiempo que sacó del ostracismo a esta pensadora gallega para intentar explicar qué aportó Hildegart al conocimiento y lo hace regresando a las fuentes originales: sus libros, prohibidos durante más de 40 años en España. Así lo han hecho historiadoras como Alison Sinclair, desde la Universidad de Cambrigde, y Micaela Pattison, desde Sidney, y mucho más modestamente desde la Universidad de Córdoba quien escribe estas líneas, que incluyó a Hildegart en la genealogía feminista de aquellas pensadoras que reflexionaron sobre el placer y el deseo sexual de las mujeres en el tránsito del siglo XIX al XX, recogidas en el ensayo “Feminismos y sexo”, reconocido por el Instituto de las Mujeres con el Premio de Ensayo Feminista Celia Amorós.

Conviene aclarar que Hildegart Rodríguez Carballeira no fue ni la primera ni por supuesto la última que teorizó sobre la sexualidad femenina. Antes que ella lo habían hecho anarquistas como Teresa Mañé o liberales como Concepción Gimeno de Flaquer y después lo harían cientos de feministas de la Tercera Ola en los años 70 del siglo XX. La excepcionalidad de su obra radica en su claro compromiso con la divulgación y educación sexual de la sociedad. Y ahí sí, Hildegart fue única. Lo fue por su extraordinaria capacidad productiva (publicó 14 libros en 3 años) y por su precocidad (lo hizo todo entre los 16 y los 19 años), pero también por su capacidad para llegar a la gente. Sus libros volaban de los anaqueles y los teatros en los que hablaba se llenaban para escucharla. Y todo para hablar abiertamente de sexualidad y de lo que en aquel tiempo se conocía como “generación consciente”. Una idea que con el paso del tiempo se convertiría en una de las banderas del feminismo de Tercera Ola, el que puso la libertad sexual de las mujeres y la apropiación de nuestros cuerpos como uno de los objetivos prioritarios de la agenda feminista. Así pues, medio siglo antes de que se legalizara definitivamente el aborto y la anticoncepción en España, Hildegart ya abogaba por un aborto libre y gratuito y exigía una educación sexual basada en la evidencia científica, que para ella era aportada por la Eugenesia, teoría supremacista popularizada en Europa a principios del siglo XX que patologizaba la homosexualidad y defendía la esterilización de las personas con discapacidad intelectual o física y de las personas enfermas. Así que no, no todo fueron luces en la teoría de Hildegart. También hubo sombras, aunque conviene contextualizarlas.

Hildegart Rodríguez Carballeira escribió obras de divulgación ofreciendo consejos prácticos para evitar embarazos y enfermedades venéreas. Y lo hizo con todo lujo de detalles y, sobre todo, desde su activismo; convirtió lo personal (las relaciones sexuales) en político (en control de la población y la mejora de la raza, según las ideas del momento). Compañera del médico Gregorio Marañón en la Liga para la Reforma Sexual sobre Bases Científicas, Hildegart aportó la conceptualización política a la salud sexual y reproductiva de los españoles, tratándoles de convencer de que mantener relaciones sexuales sanas era también una manera de luchar contra la moral y el orden social establecido. Dicho de otra forma, para Hildegart Rodríguez Carballeira la lucha de clases también podía ganarse en la cama.

Escribía en 1931:

“En España se están llevando a cabo interesantísimas revoluciones. Se operan cambios rápidos o lentos en los viejos criterios que dieron lugar a no menos caducas instituciones. Pero Marx declara, y con justicia, que no hay revolución más intensa que aquella que se apoya en la transformación de las conciencias”.

Para ella, solo había una forma de ser definitivamente modernos: liberarnos de la moral castrante y educar sexualmente a la ciudadanía. Eso era 1931; casi cien años después, ahí seguimos.

Elena Lázaro Real

Periodista e historiadora