El otro lado, del otro lado de la dulce espera

Leyendo el testimonio de Lorena Haldón Arasa en el MyS 54, ‘El otro lado de la dulce espera’, he rememorado las vivencias de mi último embarazo. Mi situación con amenaza de parto prematuro e ingreso hospitalario refleja una experiencia muy alejada de la visión dulcificada que se tiene de los embarazos.

Yo, al igual que Lorena, me identifico con su resiliencia ante la situación tan traumática que nos tocó vivir y con el gran apoyo que tuve por parte de mi pareja. Sin embargo, hay una parte muy importante en mi experiencia de violencia que sufrí en el hospital que me gustaría visibilizar.

En mi caso, se trataba de mi segundo embarazo y sucedió que en torno a la semana 22 de gestación empecé con contracciones de parto y acudí al Hospital de Fuenlabrada en el que trabajo como especialista. Allí me administraron una medicación para inhibir el parto y tuve que realizar un ingreso hospitalario que se prolongaría un mes más.

Después de esta primera amenaza de parto prematuro que se detuvo gracias a la medicación, se sucedieron otras tres más que se trataron igual (medicación y reposo absoluto en la cama del hospital). Recuerdo que fui perdiendo el apetito y la energía, postrada, conectada a los goteros y soportando la incomodidad de que me explorara cada día un compañero/a de ginecología de mi propio hospital.

Como especialista del hospital, acostumbrada a tratar con mis compañeros/as de otros servicios a nivel profesional, no me esperaba el trato paternalista que recibí. Pensé que mi estatus profesional me libraría de la actitud infantilizadora que habían adoptado otros/as profesionales de la salud cuando acudía como paciente, privándome de mi derecho a estar informada y de la capacidad de decidir sobre mi cuerpo.

Durante mi ingreso tuve que sufrir la actitud paternalista de un ginecólogo joven -más que yo por lo menos-, que me contestaba con condescendencia cada vez que yo le preguntaba sobre mi embarazo. En una ocasión en la que le pregunté por los riesgos de administrarme una medicación que estaba contraindicada en mi caso, me contestó “tú no te preocupes de nada, que para eso estamos los profesionales, confía en que hacemos lo mejor para ti y para tu bebé”. Su respuesta me pareció un insulto. Luego supe que se había quejado porque se sentía cuestionado. ¡El colmo!

Recuerdo otro momento crítico de mi ingreso, en el que tuve otra amenaza de parto prematuro. Estaría de unas 23 o 24 semanas de gestación, cuando me tuvieron que llevar a la zona de monitorización previa a los paritorios por riesgo de parto inminente. Estaba en la cama con el cinturón para monitorizar las contracciones presionándome la barriga y cada poco minuto venía un enfermero a constatar la continuidad de mis contracciones, me lo comentaba y aumentaba todavía más mi estrés. Yo les pedí que, por favor, me liberaran por un momento de aquel cinturón que me oprimía y que podía inducir contracciones por la presión, pero no accedían.

Al poco, llegó el equipo de pediatría para informarme. No salí de mi asombro al escuchar de una compañera un relato como si fuera una película de terror sobre lo que me esperaba si nacía mi hijo. Yo allí postrada tuve que atender a las probabilidades altísimas que tenía de parir a un hijo, que, si sobrevivía las primeras semanas en el mejor de los casos, iba a tener todo tipo de discapacidades. Recuerdo escuchar los detalles con las lágrimas saliéndome a borbotones y esta compañera diciendo lo mucho que lo sentía, pero que era su obligación mantenerme informada.

Cuando me estaban preparando para pasar al paritorio tuve la lucidez de pedir que viniera la ginecóloga de mi hospital que me llevaba el embarazo para que autorizara que me soltasen los cinturones y me dejaran sola y tranquila por unos instantes. Esta ginecóloga, que era una estupenda profesional con empatía, me concedió esos valiosos minutos de descanso. Ocurrió el milagro. Llegó de nuevo el enfermero a colocarme el cinturón de monitorización para llevarme al paritorio y las contracciones habían desaparecido.

Esa actitud de muchos/as profesionales de la medicina de dar todo tipo de detalles adversos a sus pacientes, solo por si pudieran ocurrir ¿no es también una forma de violencia? Recuerdo que con mi otro hijo que nació prematuro de 26 semanas, teníamos una pediatra de la UCI que nos contaba diariamente todas las adversidades que le podían ocurrir. Cuando llegaba el fin de semana descansábamos con la pediatra que se limitaba a informarnos si había habido alguna complicación.

Y volviendo a mi relato inicial del embarazo, finalmente decidí solicitar el traslado a otro hospital, donde creí que podría sentirme más cómoda. Aquello no tuvo muy buena acogida por parte del jefe de Servicio, que vino a mi habitación para denegarme la ambulancia, cogiéndome la mano de forma paternalista y proponiéndome que pidiera yo la alta voluntaria y realizara el traslado por mis propios medios. Finalmente, me dieron el alta con un pesario colocado y con indicación de reposo absoluto hasta llegar el embarazo a término.

Cuando llegué a mi casa, sin los cinturones de los monitores oprimiéndome la barriga, y sin todo el estrés del hospital, el panorama dio un giro de 180 grados y aguanté los tres meses de gestación que me quedaban sin complicaciones. En el nuevo Hospital la experiencia fue mejor, aunque no exenta también de violencias. Habían programado quitarme el pesario y hacerme una versión externa -procedimiento para dar la vuelta al feto que venía de nalgas- para proceder con el parto natural. Me habían citado para ello un lunes, pero dio la casualidad de que me puse de parto la noche anterior, que era domingo y víspera de Reyes.

Al llegar al hospital y hacerme la exploración, la ginecóloga de guardia dijo que “no cumplía criterios” para realizar el parto natural con el bebé de nalgas y que me iban a realizar una cesárea. Yo me había informado y sabía que en ese hospital tenían instaurado el parto natural con bebés que venían de nalgas. Al preguntar me respondieron que el diámetro de la cabeza de mi hijo excedía en 1 mm el límite aconsejado (la variación en la medición de una imagen de diagnóstico entre un médico/a y otro/a puede ser ya más de 1 mm, eso sin tener en cuenta otro tipo de errores de medición en la imagen médica que yo conozco por mi profesión). Se lo expliqué a las ginecólogas/os del equipo de guardia, que no quisieron atender a mis explicaciones, ni a mi deseo de asumir los riesgos del parto natural, presionándome para que firmara el consentimiento de la cesárea.

Una auxiliar me comentó de forma confidencial que si aguantaba hasta el cambio de turno a las 7 de la mañana, que ya sería lunes, vendrían los médicos veteranos del servicio con experiencia en partos de nalgas y probablemente podría evitar la cesárea. Eso me dio fuerzas para sobrellevar mejor el dolor de las contracciones y reafirmarme en mi postura de evitar la cesárea. De nuevo, tuve que soportar el trato humillante e infantilizador de los y las ginecólogas que se dirigieron a mi pareja en vez de a mí, para que “me hiciera entrar en razón”.

Ante mi oposición a firmar la cesárea, decidieron llamar al jefe del Servicio de Obstetricia a las dos de la madrugada, que se presentó en mi habitación cual Rey Mago, con su barba blanca y rodeado de todo su séquito para comunicarme “Buenas noches, Sra. Martín, soy el Dr. Ángel Salcedo, y vengo a realizarle el parto de nalgas que usted desea”. Mi pareja y yo no dábamos crédito a lo que veíamos y yo, si pudiera, habría dado saltos de alegría.

Aquel Ángel, que para mí fue como un ángel caído del Universo, o el mismísimo Rey Gaspar que vino la noche de Reyes, me realizó el parto natural que yo quería. El parto lo finalizó otra ginecóloga que, sin previo aviso, y por protocolo, me hizo una episiotomía que me dejó de recuerdo (en fin, otra violencia obstétrica más).

Actualmente, mi hijo tiene ocho años y todavía me emociono cuando llega su cumple el 5 de enero, y le cuento emocionada como llegó. Me siento orgullosa por haber evitado una cesárea, aunque preferiría no haber tenido que pasar nunca por esta lucha. Pienso en las muchas mujeres que no tendrán la posibilidad de defenderse ante estas violencias. ¿Hasta cuándo esta lucha por defender nuestra dignidad y nuestros derechos?