Esterilidad y maternidad subrogada en la antigüedad

En la antigüedad más remota las sacerdotisas eran eximidas de concebir y gestar hijos, pero tenían el privilegio de ser madres por “sustitución”, ya que otras mujeres gestaban para ellas.  En la ciudad hurrita de Nuzi, situada en las proximidades de Kirkuk (Irak), se encontraron unos documentos que acreditaban esta y otras prácticas pensadas para resolver la esterilidad y los deseos de maternidad no satisfechos, como veremos más adelante. A la pregunta ¿se conservan textos donde quedó constancia de tales prácticas? Tenemos que responder afirmativamente, y en este artículo resumimos nuestros hallazgos, tras haber revisado las referencias más interesantes que hemos encontrado sobre la maternidad subrogada, así como sobre los recursos personales invertidos para tratar de aliviar los problemas de esterilidad en aquellos tiempos.

Las civilizaciones mesopotámicas concedieron gran importancia al derecho para normativizar la vida privada de unas sociedades esencialmente agrícolas y ganaderas. En la cultura babilónica la paternidad adoptiva y la maternidad subrogada fueron acontecimientos reales, y se recurría a ella para asegurar la herencia de los bienes cuando el paterfamilias fallecía sin herederos naturales. Entre las colecciones del museo parisino del Louvre se encuentra el documento que contiene la primera referencia historiográfica y normativa de la adopción. Se trata del conocido Código de Hammurabi, en el que se establecía que los intervinientes en los llamados contratos de gestación eran la esposa (como parte delegante) y la madre sustituta, una mujer de inferior categoría y clase social, pudiendo tratarse de una criada o de una esclava, a la que se le entregaba una dote y algunos bienes. El fin último de esta norma era que, ante la ausencia de descendientes, la esposa que se consideraba estéril pudiera proporcionarle un heredero al marido. En el Código de Lipit-Ishtar (años 1934 y 1924 a.C.), escrito en las tablillas encontradas en la ciudad sumeria de Nippur, también se regulaba la paternidad adoptiva, considerada como un negocio jurídico privado similar a una compraventa, y la maternidad subrogada, entendida como un acto reproductor, y se autorizaba al paterfamilias para que recurriera a una prostituta para que le proporcionara un descendiente y un heredero, cuando su esposa era estéril y no podía concebir un hijo varón. En este caso, a diferencia del anterior, la parte delegante era el paterfamilias y no la esposa, y en virtud de un contrato de gestación o pacto, el marido se comprometía formalmente, y como garantía personal, a mantener y alimentar a la madre biológica de su futuro heredero con cereales, aceite y ropa, porque el hijo se consideraba una propiedad del paterfamilias y no de la mujer que lo gestaba, quien no podía vivir en la casa del contratante ni tener relación alguna con la esposa.

Los estudiosos de La Santa Biblia consideran que en el principio de los tiempos las mujeres y los hombres se consideraban iguales, y lo hacen aludiendo a la etimología de las palabras utilizadas para nombrarla. En todas las lenguas, los términos que designan al hombre y a la mujer tienen su propia etimología, pero solo en La Biblia se proponía un equilibrio perfecto entre ambos. Según ellos, en La Biblia se dice que la mujer salió de una costilla de Adán, pero se le dio el nombre de varona, con el que se afirmaba que era carne de su carne, se convertía en su igual y en su homóloga, y solo cuando se idea el concepto de pareja hace acto de presencia la sexualidad. Sin embargo, cuando son expulsados del paraíso la mirada de Adán cambió, asignándole a la varona el destino de dar vida, con el que pasó a llamarse Eva, significando que se convertiría en madre de toda la humanidad.

Si leemos detenidamente el primer libro de La Santa Biblia, el Génesis, comprobaremos que está atravesado plenamente por los temas de la esterilidad y la maternidad, porque ambos impregnan la historia de los patriarcas de Israel, y se adivina que ser madres era prioritario para las mujeres de aquel tiempo, mientras que los hombres se empeñaban en descubrir la fraternidad.

Con respecto al tema de la maternidad de sustitución, primero tenemos que hacer referencia a un código encontrado en el yacimiento arqueológico de Nuzi, en el que encuentra un contrato, contemporáneo a la época al patriarca bíblico Abraham, en el que Sunhilu, entrega en matrimonio a su hija Gilimninu y lo hace en los siguientes términos: «Si Gilim-ninu tiene hijos, entonces Shennima no tomará una segunda esposa. Pero si no da a luz, entonces tomará a una mujer del país de Lullu como esposa pero ella no se llevará al niño», palabras en las que a nuestro modo de ver quedaron plasmadas las figuras de la madre de sustitución y la maternidad subrogada.

Los avatares de la maternidad, que constituyen el núcleo duro del Libro del Génesis, se centran en dos mujeres inicialmente estériles – Sara y Raquel – quienes implementaron un proceso de maternidad por sirvientes interpuestos. Entre el siglo XIII y el siglo XVIII (a.C.), los acontecimientos más relevantes que aparecen en el texto bíblico se reducen a una serie de nacimientos, con diferentes padres y muchas madres. Así, las esposas de los tres patriarcas bíblicos están afectadas por la esterilidad. La historia de Sara, la primera mujer de Abraham había recibido el castigo divino de ser estéril, y para que su marido pudiera tener un heredero le propone que se sirva de una madre sustituta, y él, fecundando a una esclava de su propiedad, se convirtió en padre de un hijo; finalmente Sara, a una edad avanzada, se curó de su mal y fue madre de otro hijo, al que llamó Isaac. Llegado su momento, Isaac engendró a los gemelos Esaú y Jacob, quienes contrajeron matrimonio con dos primas, una de las cuales, Raquel, también resultó estéril. Raquel recurrió a una madre sustituta llamada Bilha, quien parió hijos para Isaac, con los que el tercer patriarca de Israel, con dos mujeres y dos madres sustitutas, llegó a ser padre de 12 hijos, los ancestros de las 12 tribus de Israel, y de una hija a la que llamó Dina.

Desde el punto de vista sanitario, a la luz de los conocimientos actuales, sabemos que el problema de la esterilidad puede deberse a distintas causas y no ser permanente, y esto es lo que le sucedió finalmente a Raquel, quien concibió y alumbró un hijo al que llamó José.

Pero la importancia que las mujeres daban a la maternidad también se expresaba en la terminología muy particular utilizada por las matriarcas bíblicas, quienes hablaban de «ser construidas», porque tener un hijo era construirse y en hebreo, la palabra «hijo» – ben – se deriva del verbo bnh: construir. La búsqueda de la maternidad a toda costa por parte de estas matriarcas formaba parte de la unidad familiar legítima, en el sentido amplio del término, ya que incluía también a las sirvientas cuyo estatus no estaba definido, encontrándose a medio camino entre el de esposa y el de concubina. Todo se hacía respetando las leyes y las costumbres, y más aún los tabúes sobre los que descansaba la ley familiar, aunque con algunas excepciones, cuando el deseo de maternidad era tan poderoso que rompía todas las barreras. Un ejemplo de esta consideración está en la familia inmediata de Abraham, cuando su sobrino Lot huye, con sus dos hijas, de la ciudad de Sodoma, destruida por el fuego divino. Los fugitivos deambulan por las montañas, en una atmósfera de apocalipsis que les hace creer que son los últimos supervivientes del planeta. Es entonces cuando las hijas deciden cometer incesto para poder procrear. Es difícil apreciar a qué motivaciones profundas obedecen las hijas de Lot para romper el tabú del incesto, pero quizá para ellas, la necesidad de ser madres legitimaba la transgresión.

La figura del padre de sustitución también aparece esbozada en el texto bíblico cuando, tres generaciones más tarde, estalló otro escándalo en la familia de Abraham, ahora a cargo de su bisnieto Judá, quien contrajo matrimonio con Súa, quien fue madre de tres hijos, Er, Onán y Sela. Judá casó a su primogénito Er con Thamar, quien quedó viuda de forma prematura y sin descendientes, y ahora la propuesta era diferente, pues lo que Judá perseguía era encontrar un padre de sustitución con el que Er perviviera, a lo que Onán renunció: “Entonces Judá dijo a Onán: Entra a la mujer de tu hermano, y despósate con ella, y suscita simiente a tu hermano. Y sabiendo Onán que la simiente no había de ser suya, sucedía que cuando entraba a la mujer de su hermano vertía en tierra, por no dar simiente a su hermano. Y desagradó en ojos de Jehová lo que hacía, y también quitó a él la vida (Génesis, 38:8-11)”. Con estas palabras quedaron marcados para la posterioridad los males que se acarreaba el hombre cuando desperdiciaba su semilla, dando nombre al onanismo.

Para completar nuestra historia, en la que la victoria sobre la esterilidad, o sobre la imposibilidad de dar a luz legal y legítimamente, es una historia de la maternidad propiamente dicha, ahora vamos a finalizar nuestro relato citando otros dos casos de esterilidad mencionados en La Biblia: son el de la madre de Sansón, y el de Ana, la madre de Samuel. La primera es un ejemplo histórico de la mujer como vientre “con responsabilidad protectora para el bebé en gestación”, pero su nombre ni aparece mencionado. Se trataba de una mujer que concibió cuando se consideraba estéril porque se le “apareció el ángel de Jehová, y le dijo: “He aquí que tú eres estéril, y no has parido; más concebirás y parirás un hijo. Ahora, pues, mira que ahora no bebas vino, ni sidra, ni comas cosa inmunda”. Este hijo fue Sansón, y en todo el relato de concepción y nacimiento encontramos un cierto sabor a eugenesia, porque esta mujer que estaba destinada a engendrar un hijo notable se tenía que privar de las cosas que no eran aceptables a los ojos de Jehová para protegerlo, prohibiciones y conductas que con distintas connotaciones han permanecido hasta la actualidad.

Y terminamos este breve apunte con el relato de la maternidad de Ana, que sigue un patrón similar a la de Raquel, porque a ambas Jehová les había “cerrado la matriz”, pero Ana, que se sentía triste, peregrinó a un santuario y tras concederle Dios el deseo de ser madre, alumbró a Samuel, parto con el que se dio fin a las tormentosas maternidades de las matriarcas bíblicas y se abrió paso a las romerías y peregrinaciones a distintos santuarios de los tiempos modernos, con el fin de implorar, a los santos y vírgenes, una redención de los pecados que ponga fin a la esterilidad femenina, pero esto forma parte de otra historia.

Conclusión

La maternidad por sustitución o subrogada ya fue una figura jurídica en los tiempos más remotos, siendo La Santa Biblia una fuente importante de información sobre la situación social que tenían, o adquirían, las mujeres que gestaban para otros. En cuanto al problema de la esterilidad hemos comprobado que al ser considerada como un castigo divino se podía resolver con oración y perseverancia. Aunque la adopción es una práctica común a través de los tiempos, la maternidad subrogada también hunde sus raíces en el pasado y, aunque en nuestros días aparece como una novedad, sólo han cambiado los recursos utilizados para pactarla.


REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA

Baelo Alvárez, M. La adopción. Historia del amparo socio-jurídico del menor. Tesis doctoral. Universidade Da Coruña, 2013.

Eisenberg, J. La femme au temps de la Bible. Stock-L. Pernoud (eds.), 1993. La Santa Biblia que contiene los Sagrados Libros del Antiguo y Nuevo Testamento. Madrid, depósito central de la Sociedad Bíblica, 1932.

Enriqueta Barranco Castillo

Médica ginecóloga

Profesora asociada de la Universidad de Granada.