Cosas que pasan. Lo fácil y lo difícil
Mi madre solía recitar un monólogo de un sainete de su juventud en que alguien decía: “Lo fácil y lo difícil. Son dos palabras que me gustan mucho pero nunca sé dónde ponerlas”. De niña me parecía una frase muy tonta, ¿cómo no iba a saber nadie dónde poner esas palabras tan comunes y tan claramente opuestas?
Me ha venido al recuerdo esta anécdota por lo que estoy viviendo en esta época de mi vida. Mi marido está muy enfermo; sufre una enfermedad crónica jodida desde hace muchos años, de esas que, si nada inesperado las empuja, avanzan muy lentamente y te permiten, si no ignorarlas, al menos no identificarte con ellas. Pero 2020 lo cambió todo. Durante la pandemia él pasó de “tener” una enfermedad a “ser” un enfermo. No tuvo covid, pero eso es lo de menos: esas primeras olas terribles del virus hicieron que se abriera en su mente la comprensión de que aquello que tenía en los pulmones era lo que iba a acabar matándole, y de repente todo en él empezó a venirse abajo. A partir de entonces, me he ido convirtiendo, progresivamente, de compañera en cuidadora.
Hasta aquí parecería muy claro saber dónde poner “lo fácil” y dónde “lo difícil”: decir simplemente que todo es difícil y punto. Es solo que está habiendo cosas que me están resultando fáciles, inesperadamente fáciles: los cuidados prácticos, por ejemplo y, sobre todo, la convivencia. Nunca habíamos vivido juntos, sabíamos que necesitábamos contar con un piso franco personal de cada uno para que los incendios frecuentes entre nosotros no se propagaran hasta consumirlo todo. Y ahora, sin embargo, ahí estamos, bajo el mismo techo y ni un roce. A veces me sorprende porque nos reímos mucho juntos, como siempre habíamos hecho, pero sin ningún tipo de filo, no como antes que siempre acabábamos arañándonos.
Es como si la vida me estuviera diciendo, “¿Qué te pensabas, que lo sabías todo?, ¿a que esto no te lo esperabas?”. Y es verdad, nunca me lo hubiera imaginado. Nunca hubiera puesto las palabras fácil y convivencia con S. juntas. Tampoco hubiera puesto la palabra difícil donde ahora la pongo: ver como alguien que quieres, que hasta hace poco era tu igual, tu compañero, se va consumiendo paulatinamente ante tus ojos, y no porque me imaginara que sería fácil, lo que pasa es que nunca me había puesto a imaginarlo.
* Esta columna la escribí hace casi un año; la publico ahora, cuando él acaba de morir.