Historias clínicas de salud mental. Si eres martillo del cielo te caerán los clavos
Carmen se presenta el primer día en la consulta con un:
– Hola, soy Carmen y vengo por la violencia de género.
Esta presentación indica lo tremendamente alejada que está de sí misma. Se irá confirmando en sesiones posteriores.
La violencia de género se refiere a sus parejas. Cuenta su relación con tres hombres: el primero, su marido, con el que tuvo dos hijas y del que se separa. No era mal hombre, dice, aunque no la trataba bien. Le recriminaba que la casa no estuviese todo lo ordenada que debía estar, que no fuese lo diligente que debía ser y no consideraba que tuviese mucha valía. Siempre la comparaba con otras mujeres que hacían todo mejor que ella. Le costó mucho separarse, pero en este caso le fue útil que el marido quisiera irse con otra mujer.
El segundo hombre que eligió de pareja era encantador en sus relaciones de “novios”, pero cambió rápidamente cuando empezaron a vivir juntos. Le molestaban mucho las hijas y elevó un poco más su nivel de exigencia: además de imponer todas las labores como “ama de casa”, le pedía que estuviera bien preparada y arreglada para salir a divertirse, que era lo que más le gustaba en el mundo.
De manera un poco parecida al marido, pero sin tantos problemas, un día dijo que se iba con otra mujer. Como no había hijos comunes, la separación fue más fácil.
Con su tercera pareja, el nivel de maltrato aumentó. La insultaba, la humillaba y era violento en las relaciones sexuales, muchas veces no consentidas, lo que las convertía en violaciones. A él le encantaba este tipo de sexo con ella y cada vez incrementaba un poco más el nivel de violencia para todas las escenas que deseaba.
La separación fue con denuncia, con orden de alejamiento y éste fue el motivo por el que vino a la consulta.
Siempre se presentaba como víctima, hablando de lo malos, indeseables e imbéciles que eran sus parejas y por extensión todos los hombres. Se había prometido a sí misma que jamás de la vida iría con ninguno más.
Sus amigas le decían que todas sus parejas se parecían, y a ella esto le sonaba “a chino”. Un día miró las fotos, las comparó y se aseguró de que sus amigas no tenían razón. En lo único que se parecían era en su imbecilidad.
Insistía en que ellos cambiaron con el tiempo y que era imposible saber esto.
Voy a explicar los dos momentos clave en que pudo cuestionar ese alejamiento de sí misma.
El primero sucedió en una sesión en la que se quejaba de todo: los hombres, todos imbéciles, las amigas que no la entendían, la sociedad injusta y también añadió la incapacidad de los psicólogos de “hacer algo”:
– Y los psicólogos tampoco sirven para nada
Le contesto:
– Entonces terminamos aquí las sesiones.
Intento que el tono de voz que utilizo al decir esto sea neutro.
Se queda muy cortada y dice:
– No me refería a usted…quiero decir los psicólogos en general,pero…
Carmen generaliza una vez más. No se refiere a mí directamente, aunque soy yo la que estoy con ella.
No añado nada más. Protesta un poco, se enfada otro poco y nos despedimos. Ella, a pesar de todo, lo hace diciendo:
– Hasta la semana que viene.
Y la semana siguiente viene a la sesión a la hora convenida. La recibo como hago habitualmente.
Me explica que, gracias al corte, se da cuenta por vez primera de lo que estaba diciendo en la sesión pasada.
– Si los psicólogos son todos imbéciles, yo también lo soy por estar viniendo a las sesiones con usted.
Y de ahí también pasa a cuestionarse sus generalizaciones. Si hay hombres que no son imbéciles, ¿por qué ella solo ha encontrado los que sí lo son?
Es la primera vez que formula una pregunta acerca de ella.
El segundo momento clave para Carmen es cuando me explica que se le quedó clavado en la cabeza el párrafo de una canción que decía: “si eres martillo hasta del cielo te caerán los clavos”
Carmen río a carcajadas cuando le subrayé lo de “clavado”. Con esa carcajada deja de ser martillo y sonriendo feliz dice:
– Es posible que durante el resto de mi vida encuentre algunos clavos, como casi todo el mundo. Me las arreglaré bien con ellos, pero estoy segurísima que del cielo no me caerá ninguno. Y si caen, yo no estaré allí.
Yo también estuve segura de ello, porque Carmen en aquel momento había dejado de estar en esa posición de martillo y cualquier elección de pareja que hiciera en un futuro, ya no sería desde esa posición tan peligrosa.