Errores en la atención (deshumanizada) a una paciente con infarto masivo de miocardio
La enfermedad nos desarbola, nos impacta y todo lo modifica. Además, la enfermedad puede complicarse por una atención sanitaria deshumanizada y errónea. Sobre todo, porque llegas a plantearte que quizá el problema seas tú y te cuesta darte cuenta de que no eres más que el canario en la mina (al morir servía de aviso del mortal grisú) y que estás sufriendo una pésima atención como es frecuente, como llega a ser “lo normal”. Por ello es importante compartirlo, porque nuestras experiencias personales son políticas como bien aprendimos de Carol Hanisch, las entonces jóvenes feministas en los sesenta y setenta del pasado siglo.
Como durante el primer infarto en octubre de 2015, el lunes 31 de julio de 2023 volví a tener sensación/certeza de muerte inminente, con opresión brutal precordial irradiada a cuello («me atenazaba», que dicen bien los pacientes) y a escápulas, más un cuadro vegetativo exuberante (sudoración fría, náuseas, diarrea, malestar general).
La historia pre-hospitalaria se repitió en el sentido de acierto médico diagnóstico y terapéutico de las médicas de cabecera y de urgencias en el pueblo, en la sierra, y de fallo médico de la UVI móvil y del helicóptero al no considerar mi cuadro como infarto de miocardio y no activar el “código infarto”. Los errores no suelen ser «accidentales» sino, más bien, parte de la cultura institucional, lo que llamó Wennberg “huella o firma del hospital”.
Por ello, ese lunes 31 de julio a la llegada a mediodía al hospital reconfirmaron que no tenía infarto de miocardio (con un ECG dudoso y una troponina baja) pero sí grave insuficiencia cardíaca y decidieron dejarme ingresada en la sala de urgencias y repetirme la troponina en unas horas. Su resultado demostró un infarto de miocardio, pero el resultado lo vieron ya por la noche, tras una reclamación de atención en “admisión”.
Lo peor, la estancia en esa sala de urgencias del hospital, con unas treinta camas hacinadas en una enorme habitación sin ventanas, una experiencia en vivo y en directo de la degradación profesional en el sistema sanitario público.
Hubo excepciones, claro, pero la cultura institucional fue infame sin más, las 24 horas de estancia en urgencias fueron de película de terror, un muestrario de no-hacer en toda clase de enfermos, no sólo en mí.
Me pusieron dos vías y no llegaron a utilizar ninguna; una me la quité yo misma por estar empezando una flebitis, al coste de soportar la bronca de una estricta enfermera (que no quiso darme su nombre). Estuve con monitorización cardíaca, pero no sonó ninguna alarma cuando tuve episodios falsos de parada cardíaca, al moverme y soltar un electrodo. Me negaron todo tipo de alimentación, ni agua, “por si acaso”. Cuando tuve que orinar no me dieron una cuña sino una especie de caja de zapatos que me obligó a hacerlo acuclillada sobre la cama, ¡con las camas de otros pacientes a menos de una cuarta de la mía!
Hubo dos pacientes inmovilizados, uno joven en la cama de al lado, una pena y un dolor verlo, especialmente intentando comer con una sola mano libre. Una anciana también terminó inmovilizada, 24 horas con máscara de oxígeno que quería quitarse y pidiendo agua (no le dieron nunca, ni le mojaron los labios, ni le pusieron un suero, supongo que terminaría con úlceras por decúbito desde el occipucio a los talones). Pacientes varias con pañales, para que no molestaran pidiendo la cuña. Por supuesto, tampoco faltó el ingreso de un moribundo que murió tras unas horas de tremenda soledad “acompañada” por el ir y venir de profesionales que lo ignoraron. Etc.
Pedí la alta voluntaria al día siguiente, a media mañana del martes 1 de agosto, tras la visita médica del personal de Cardiología en que recomendaron coronariografía y revascularización «cuando hubiera cama», insistieron, que “estaban muy mal de camas y que no había prisa, que la dejarían en aquella sala de urgencias, que tenía una fracción de eyección del 30% y que la situación era muy mala”.
«Si no hay cama, estoy mejor en mi cama, en casa, y si tengo que morir allí estaré mejor atendida», dije al pedir la alta voluntaria, y el informe correspondiente.
En el informe de alta de urgencias se tergiversaron los hechos y datos para intentar disimular los errores de diagnóstico y tratamiento (lo esperable hubiera sido la confirmación del infarto masivo a la llegada al hospital y la inmediata intervención hemodinámica, una coronariografía y revascularización en su caso).
Escribo esto tres meses después, y estoy viva.