enredHadas. No sé si podré
Llevo un mes pensando en esta columna. Cada día contabilizo los muertos.
Cada día revivo mi viaje a Palestina, el más impresionante de mi vida.
Después de décadas de activismo, nada me ha impresionado tanto.
Pero llega la hora de entregar este texto y no puedo seguir esperando a que ocurra un milagro.
Fui a Palestina gracias a las mujeres israelíes que organizaron un evento al que asistimos 750 mujeres de negro de todo el mundo.
Nos alojábamos en un hotel del centro de Jerusalén que aún era de palestinos.
Lo primero que hicimos fue sumarnos a la concentración semanal donde, desafiando a los insultos, las mujeres israelíes reclamaban la paz para Palestina.
Luego llegó la segunda fase… Junto a muchas mujeres palestinas empezamos la caminata a través de los check points de la valla destino Ramala para constatar que aquello ya era un infierno. Las casas destruidas, la desolación de un territorio ocupado, los y las soldados israelíes jovencísimos armados hasta los dientes vigilando cada metro y siguiendo nuestros pasos. Y los niños y niñas. Oh, sí… eran muchos…y se movían entre los escombros.
Nos abrieron las puertas de todas las casas que quedaban en pie. Nos contaron sus historias, nos llevaron a los pocos sitios donde se reunían.
Tengo clavada en la memoria las fotos de las y los soldados encañonándonos, pero tal vez el recuerdo que más me duele sea el de la mujer que acompañamos por cada check point de regreso para que pudiera asistir a la quimio que tenía programada, porque no había medios en Palestina para tratamientos sofisticados…y no conseguimos que la dejaran pasar.
“Je sui desolé” es lo poco que aprendí en francés cuando mi nieta mayor lo dijo un día. Estoy desolada. Como tú. Como tanta gente.