Cosas que pasan. La impronta de la madre

Ayer me encontré en el supermercado con una amiga de la adolescencia. De adultas nos habíamos seguido viendo de tanto en tanto pero ahora hacía varios años de la última vez. Lo primero que pensé al verla fue: “Cómo se parece a su madre”. El parecido no sólo era físico. Su madre era una mujer a la que no recuerdo haber visto nunca sonreír, ni siquiera ante las gracietas de sus hijos adolescentes ni, más tarde, ante las monerías de sus nietos. Mi amiga siempre había sido una chica, y luego una mujer, bastante vivaz; recordaba sus preciosos ojos verdes chispeantes cuando nos encontrábamos a lo largo de los años y me daba novedades de su vida o revivíamos anécdotas del pasado. Pero esta vez todo su ser transmitía sólo pesadumbre. Me hizo pensar en otra amiga, una mujer alegre, cariñosa, creativa que, tras hacer una opción vital deprimente (por puro no sentirse con derecho a optar por su felicidad en contra de lo que otros esperaban de ella), se transformó en una mujer amarga, severa y juzgadora, exactamente como me había contado que era su madre.

Mi momento vital actual no puede ser más triste: mi marido muy, muy gravemente enfermo, y yo atenazada por ese dolor del alma y por el de un brazo roto y operado que se resiste a dejar de torturarme. Pero ahí estaba yo en el supermercado, contándole todo esto a mi amiga con una chispa de humor porque estaba feliz de verla y feliz de haberme atrevido a ir sola a Mercadona -a volver a comprar a mi aire, empujar el carrito y coger cosas con la mano izquierda para no inquietar a mi reticente hombro derecho. Y mientras ella desgranaba desgracias, no peores que las mías, y yo veía que su cara, como la de su madre, hacía tiempo que había perdido la capacidad de sonreír, sentí una gratitud inmensa hacia la mía -de la que tanto he despotricado en el diván de mis sucesivas analistas- por haber sido como era: una mujer nada frívola y sin embargo tan dispuesta siempre a entregarse a la alegría y compartirla, tan dotada para saborear los pequeños placeres. Agradecida por haberme dejado esa impronta que me está permitiendo cada día en esta época aciaga oscilar del llanto a la risa y viceversa y aguantar el tipo.

Margarita López Carrillo

Activista feminista de salud