Consentimiento, deseo y libertad sexual. Por una coeducación relacional y sexual
Consentir, según el diccionario de María Moliner, tiene varias acepciones: Decir a alguien que puede hacer cierta cosa o no oponerse a que lo haga.
Y efectivamente tiene un gran acierto esta definición, aún más en el caso de las mujeres, porque una cosa es decir a alguien que puede hacer cierta cosa, en una relación sexual por ejemplo, y otra distinta es “no oponerse a que lo haga” porque aquí está el problema cuando en la socialización de las mujeres se les ha preparado para agradar a los otros, sobre todo otros, varones, ya sea en la sexualidad, en la preparación de las comidas o en los cuidados, a no oponerse, que es consentir, aunque no sea del gusto de las mujeres. Y tenemos ejemplos en mujeres jóvenes y adultas: “A mí no me gustaba la idea, pero por darle gusto lo hice” Entonces, ¿dónde queda el deseo?
Otra acepción de consentir es Permitir. Permitir alguien que los niños o personas que dependen de su autoridad obren a su gusto, sin corregirles o castigarles. Y otras acepciones son: No oponerse alguien a hacer o a que le sea hecha cierta cosa. Admitir, aguantar.
Queda claro, entonces, lo que significa consentir. Y otra cosa es el consenso, que se realiza dialogando, viendo pros y contras, en situaciones de igualdad y respeto, sin presiones. Y otra cosa bien diferente es el deseo. Pero conocer el propio deseo, necesario para ejercer la libertad sexual, no es fácil pues es todo un proceso a lo largo de nuestra vida y nuestras experiencias, que pasa por colocarnos como sujeto en primera persona, no subordinado a otro sujeto y su deseo, el que encarna el sujeto universal del arquetipo viril, sino un deseo en interdependenia en igualdad y libertad.
¿Cómo ejercer la libertad sexual en una sociedad patriarcal en la que se instrumentaliza el deseo y el cuerpo de las mujeres en beneficio de una sexualidad masculina que responde a los parámetros también patriarcales de varón siempre potente y dispuesto, con o sin Viagra, que sabe todo sobre la sexualidad, y si no él sus sabios varones; ginecólogos, sexólogos y escritores, que a través de los siglos, desde Aristóteles hasta nuestros días, han hablado y escrito acerca de la sexualidad femenina normal y desviada, condicionándonos en nuestras prácticas y haciéndonos culpables si no nos ateníamos a la norma establecida por ellos? Claro que ha habido algunas excepciones, como Poulain de la Barre en el siglo XVII y Stuart Mill, a favor de la igualdad entre hombres y mujeres. Pero hace falta que muchos hombres estén teórica y prácticamente a favor de la igualdad entre mujeres y hombres, lo cual significa considerar a la mujer sujeto de derecho en primera persona, y por tanto, como tal debe ser respetada, escuchada y tenida en cuenta.
Las normas establecidas por otros, ajenos a nuestro cuerpo y sentir, nos crearon malestares a través de los siglos y desobediencias a las normas, por lo que en numerosas ocasiones fuimos ingresadas en psiquiátricos o tachadas de ninfómanas o putas. La culpa se cernía sobre nosotras expulsándonos del paraíso del placer otra vez, como a Eva. Pero hoy, gracias al feminismo, las mujeres se reúnen en grupos y hablan de sus goces y sus sombras, de sus dolores y placeres, de lo que les gusta y lo que no. Y al poner en común sus experiencias, reflexionan, y elaboran preguntas y dudas, constatando que lo que pasa a una pasa a todas en grados diversos, lo cual lleva a una evidencia y una elaboración colectiva; creía que esto me pasaba solo a mí, y resulta que es algo que sufrimos todas las mujeres y que es debido a una construcción social misógina y sexista de la sociedad patriarcal. Vamos construyendo y apropiándonos así de nuestra sexualidad, nuestro ritmo y deseo, colocándonos en el mundo como sujetos en primera persona.
Cuando el poder en las relaciones es desigual, y esto sucede muy frecuentemente en las relaciones entre mujeres y hombres, no es posible hablar de libertad sexual ni de pleno consentimiento. Si a esto añadimos la socialización de las mujeres en la ley del agrado –agradar a todas las personas y sobre todo agradar a los otros en las relaciones heterosexuales, junto con una hipersexualización de vestimenta, actitudes, gestos y comportamientos, cada vez a edades más tempranas- veremos que para que haya pleno consentimiento, este tiene que estar libre de coacción, controles, insistencias, desvalorizaciones o desprecios, y lleno de escucha, respeto, diálogo y consenso, es decir, de igualdad.
La libertad es esencial en todo tipo de relaciones y más en las relaciones sexuales, donde necesitamos entusiasmo y deseo más que consentimiento. Como dice Katherine Angel, en su libro El buen sexo mañana. Mujer y deseo en la era del consentimiento,” las relaciones desiguales de poder implican que el consentimiento por si mismo no distingue el sexo satisfactorio del insatisfactorio, aunque, hasta cierto punto, puede distinguir el sexo de la agresión.”
Vanessa Springaro en una entrevista aparecida en la revista Ornicar?, Revue du Champ Freudien 2020,[1] a propósito de su libro Le Consentement.[2] 2020., dice que “siempre se consiente en alguna cosa que nos sobrepasa” y ella dice que no estaba en igualdad de condiciones en la relación que narra en su libro. Y en otro momento dice que cómo puede admitirse que ha sido abusada cuando no puedo negar que he consentido. Pues sí, porque el consentimiento requiere dos premisas, la igualdad y la libertad, y ella no estaba en igualdad de condicionnes que él para consentir, entre otras cosas por la diferencia de edad y experiencias vividas.
Consentir y expresar el deseo no es garantía de placer, porque no evita que los hombres usen a la mujer, ya que el placer y el derecho a expresarlo no se distribuye equitativamente entre mujeres y hombres. Por otra parte, la mujer que se expresa, que se atreve a expresar su sexualidad libremente, se vuelve vulnerable en un mundo que castiga ese impulso en la mujer. Tenemos ejemplos de esta vulnerabilidad en mujeres adolescentes y jóvenes de institutos, que al atreverse a expresar su sexualidad han sido tachadas de “una cualquiera”, es decir, de “una puta”, por aquel que había estado con ella.
Un verdadero encuentro sexual es aquel en que las personas participantes charlan, bromean, insinúan, escuchan y comprueban lo que la otra persona quiere. Es un diálogo de dos deseos, dos sujetos, dos espacios, dos pieles. Y se da cuando no hay desvalorizaciones, pero sí escucha sin juicios controladores, cuando hay libertad, confianza y respeto para poder hablar, sentir y decir lo que nos gusta y lo que no. Por eso todo modelo de consentimiento resulta inútil si la otra persona no está abierta a la negativa de su pareja, o a su deseo cambiante, sin que aparezca, por ello, la descalificación o la rabia. Porque no siempre se sabe lo que se quiere, ya que el deseo puede aparecer en un principio y desaparecer, es cambiante y tiende a transformarse. Por eso es tan importante que la relación sea igualitaria y que respete la decisión sexual de la otra persona, el sí o el no, lo cuál nos lleva a decir Sí o No cuando nos apetezca. Pero decir que sí y expresar el propio deseo es complicado, debido al sexismo al que nos vemos sometidas las mujeres en esta sociedad. En este sentido varios juicios sobre violencia sexual han girado en torno a si hubo o no consentimiento por parte de la mujer, confundiendo consentimiento con placer o deseo o con no resistencia activa por parte de la mujer.
¿Pero qué ocurre con los agresores, con las manadas de adolescentes y jóvenes, de la misma edad que sus compañeras de clase o discoteca? ¿Quién educa a estos púberes, adolescentes y jóvenes? A falta de una auténtica coeducación emocional, amorosa y sexual en igualdad y libertad, les educa la pornografía, que cosifica y violenta el cuerpo de las mujeres, como objeto para usar a su capricho, preparando, de esta manera un gran comercio de uso de la pornografía y posteriortmente de la prostitución, donde todas las fantasías parecen posibles y placenteras. Como dice Ana de Miguel en su libro, Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección, “la sexualización de las mujeres y su comercialización son hoy, en los tiempos de la igualdad formal, algunos de los mecanismos fundamentales de la reproducción de la desigualdad sexual». Por otra parte, el neoliberalismo, a través de la pornografía fábrica deseos que posteriormente se encargará de satisfacer con más pornografía y/o prostitución a la carta, creando adicciones que tienen ya consecuencias en las relaciones entre hombres y mujeres, porque buscan aquello que han visto y no lo encuentran en las mujeres reales si no se parecen, en el físico y en sus prácticas sexuales, a las de las mujeres de la pornografía. A falta de una verdadera educación emocional y sexual, estos chicos, adolescentes y jóvenes, van a insinuar, pedir con insistencia o violentar, en algunos casos, a las mujeres con las que se relacionan para que se plieguen a hacer y admitir aquello que ellos han visto en la pornografía. Y este plegarse al deseo del otro, este falso consentimiento o más bién cesión del cuerpo, ceder en favor del encuentro, como dice Clotilde Leguil,[3] será facilitado por la socialización de las mujeres en la ley del agrado
Es urgente establecer una coeducación relacional y sexual que eduque en relaciones de igualdad y libertad. ¿Cómo hacerlo? [4]
- En primer lugar, ha de partir de una reflexión acerca de sus creencias y conceptos de lo que es sexualidad, junto con una crítica del sexismo de los contenidos que ven en las redes, de sus propias experiencias y de los casos reales de violencia y agresiones sexuales que podemos escuchar en los noticiarios.
- Por otra parte, ha de contemplar unas prácticas diversas que no se aprenden tan solo teóricamente, sino en talleres y escenificaciones de casos en los que con técnicas dramáticas se pueden cambiar actitudes, roles, emociones e ideas. Así puede aprenderse a expresar emociones sin ser juzgados, a conocer y respetar los propios límites y deseos y los de las otras personas, a escucharse y escuchar a otras personas, a defender nuestro espacio y no invadir el de la otra persona, dialogando con ella sin juzgarla ni imponer nuestra visión o nuestro deseo. En una palabra, aprender a cuidarnos y cuidar a las otras personas, incluso en los conflictos.
- Es necesario también aprender otro tipo de erotismo más sensual y contrario a la pornografía, educando la sensibilidad para percibirnos y percibir el ser de la otra persona, que tiene los mismos derechos que yo a ser respetada y bien tratada. Puede hacerse a través de talleres de respiración consciente e interiorización, tomando conciencia de nuestro cuerpo, nuestras sensaciones y emociones. Podemos empezar por la educación de los sentidos, utilizando el olfato y el tacto, con ojos tapados, para percibir todos los elementos de la naturaleza, en silencio y con la guía de una persona de confianza, saborear y oler una comida en silencio y expresar luego, con la palabra y la mirada, las sensaciones y emociones que hemos tenido en la experiencia. Podemos practicar el tacto consciente, tacto meditativo y masaje donde se aprende el respeto por los ritmos y los límites del propio cuerpo y el de la otra persona, aprendiendo a pedir y a rechazar, expresando también las emociones con la mirada y las palabras, practicando el silencio y reduciendo la velocidad.
- Y en todo ello el arte tiene mucho que hacer a través de la música, la danza y los vídeos y películas que narran otras maneras de acercarse a los cuerpos, otra manera de relacionarnos, de mirarnos, de respetarnos y de crear vínculos, amistosos, amorosos o sexuales.
La libertad sexual, por tanto, ha de estar unida a la salud, lo cual implica una sexualidad libre de cualquier tipo de violencia, coacciones, amenazas, prejuicios e insistencias que no tienen en cuenta a la otra persona. Por eso la ley del consentimiento no es suficiente para una sexualidad libre y gozosa., porque estamos a salvo de la violencia cuando el otro respeta nuestra palabra, nuestro sí o nuestro no, nuestro no saber o no estar segura. Para ello la coeducación afectiva y sexual es prioritaria.
Queda mucho por hacer y queda mucho para que muchos varones cambien y respeten el cuerpo y deseo de las mujeres. Corresponde a las instituciones educativas y a los hombres coeducadores ejercer su autoridad y su saber, trabajando la sexualidad y los afectos con adolescentes y jóvenes varones. Muchas mujeres ya lo hacen, pero qué duda cabe que estos adolescentes y jóvenes varones necesitan sobre todo la palabra y el buen hacer –que da autoridad- de los adultos varones; aún son muy pocos los que se ocupan de ello. Corresponde a los gobiernos y a las diversas instituciones, educativas, sanitarias y medios de comunicación abrir un debate sobre este tema y llevar a cabo una verdadera coeducación relacional, afectiva y sexual, como un proceso largo y no solo con cuatro charlas. Ello exige tiempos y espacios para ello y profesionales bien formados. ¿Para cuándo? En ello va la salud emocional y sexual de adolescentes, jóvenes y personas adultas.
[1] Ornicar? Consentir, Revue du Champ Freudien. 2020. París, Navarin.
[2] Vanessa Springaro, (2020) Le Consentement, París, Grasset. En castellano: El consentimiento, Lumen 2020.
[3] Clotilde Leguil.” Hay que distinguir entre consentir y “ceder” a la situación”. Entrevista por Marc Bassets. El País. 29 de octubre 2023.
[4] Charo Altable Vicario, 2018. Otras maneras de amar. Otro amor es posible. Granada. Mágina-Octaedro