Historias clínicas de salud mental. Eres todo para mí
Una tranquila placita de un barrio de Barcelona. Una niña pequeña, llevando un diminuto patinete de plástico, camina, aún insegura, hacía un montículo también pequeño, de esos que se ponen para que los niños suban y bajen. Unos padres toman el vermut en una de las terrazas de los tres bares que hay.
De repente, cuando la niña ya casi está llegando al montículo, la madre se levanta y va hacía ella, corriendo. Antes de que la niña pueda tomar contacto con el pequeño montículo, la coge y la sujeta para que no se acerque.
Una escena bastante normal.
Vamos a realizar un análisis desde el punto de vista psicológico para, utilizando una elipsis, ir de esta escena de calle a la consulta.
La madre supone que su hija va a llegar al montículo, va a intentar subir y se va a hacer daño. Quizás la niña quiera subir. Quizás no.
Primera constatación: no sabemos qué quiere la niña.
La madre se adelanta a las intenciones de la pequeña y pone ahí su interpretación.
– ¿Qué quiere mi mamá de mí? – podríamos suponer que piensa la niña
¿Tiene intención de subir? Si es así, su madre no se lo permite. No se trata únicamente de que no le permita experimentar ese acto. No le permite que surja en su pensamiento. Tampoco le explica nada. Suponemos que lo cataloga como peligroso. ¿El qué? ¿El desear?
—No, -diríamos algunas- lo que considera peligroso, es que se suba.
En este caso, que es real, no hay posibilidad de que la niña pueda subirse porque la inclinación es muy elevada. No hay peligro real, pero lo importante no es lo que ocurre en la realidad de lo que vemos, sino en la mente de la madre y en la mente de la niña.
Lo que vería un clínico es una especie de deseo infantil sofocado.
Naturalmente, esta escena no supone, por sí misma, ningún trauma ni disfunción psicológica de las dos protagonistas. Solo pretende ejemplificar un mecanismo psíquico que sí es patológico.
Ahora nos trasladamos a la consulta, en un momento en que esta escena puede ser resolutiva para una paciente.
Aquí está Teresa.
Ella vino a la consulta porque se sentía sin fuerzas, sin ganas de hacer nada. Sitúa su malestar en un hecho concreto: cuando su hijo (hijo único), marcha a un país lejano por cuestiones de trabajo.
En una sesión, Teresa dice esta frase, con mucha contundencia.
– Mi hijo lo es todo para mí.
– Todo – subrayo yo-. En un todo no cabe nada más.
Esto le sorprende y contesta:
– Claro que sí. Yo tengo mi propia vida.
Sin embargo, en la sesión siguiente viene enfadada conmigo. Se suceden sesiones de enfado, de protesta y finalmente de llanto, de mucha tristeza.
Ahí empieza a reconocer lo que significa esa frase en su vida, su sufrimiento y en términos psicoanalíticos, su goce.
Se da cuenta de la enorme carga que supuso y supone para su hijo “ser todo en la vida de su madre”
Se da cuenta también de los desastres en su vida de pareja, con el marido.
Y se da cuenta en dónde estaba su deseo: en ese hijo que siempre estuvo intentando huir del lugar imposible en dónde lo coloca la madre.
Y piensa que, en efecto, su vida se desarrolló alrededor del hijo. Desapareció la mujer y por tanto desapareció el marido, la pareja. Era todo madre. Y su felicidad únicamente estaba situada en esta relación simbiótica. Una relación madre-hijo que si bien es necesaria en un primer momento, si persiste, se vuelve patológica.
Teresa se sentía completa con ese hijo y por tanto, no le hacía falta nada más. No había falta. Y sin falta no hay circulación del deseo.
Precisamente eso es lo que recuperó. Y con ello pudo construir una nueva relación con su hijo, diferente de esa escena cotidiana que relato al inicio del artículo.
Y con ese cambio, recuperó también su vida como mujer, sin dejar de ser madre.