Editorial. Todas, a por todas
La violencia contra las mujeres es tan estructural que se ejerce desde las palabras hasta los hechos, como hemos visto y estamos viendo después de las últimas elecciones en España, pero también en Grecia, Polonia y Hungría. La derecha y la ultraderecha por una parte proclaman que no existe la violencia de género, y con la mano política suprimen las regidurías, o las consejerías de igualdad, de los ayuntamientos y gobiernos autonómicos. Parece que su único programa de gobierno sea borrar a las mujeres, borrar a la mujer de todos los lugares donde se había podido hacer visible, por sus propuestas de cambio y por haber hecho evidentes las desigualdades sufridas.
Siendo respetable con la defensa de todo tipo de familias, las mujeres se han visto separadas, aisladas, sometidas, encerradas en las cocinas particulares y enmudecidas y, en muchas ocasiones, violadas por los patriarcas desde los tiempos en que la humanidad dejó de ser nómada y los patriarcas empezaron a poseer la tierra. Querían asegurarse de que sus hijos (especialmente los varones) eran suyos, de su propiedad. Y para justificar la posesión y la violencia necesitaban humillarlas, hacerlas a todas modosas, obedientes y calladas. Era necesario hacerlas inferiores para poder controlarlas. Que ocultaran su cuerpo con velos, burkas, celosías, y que se negaran a mostrar sus diferencias.
Todas sintiendo vergüenza de esta sangre extraña que brotaba cada mes de sus vaginas, sin que nadie pudiera saberlo, ocultándola, sufriendo dolores sin aparentarlo, llamando con otros nombres una realidad. Poniendo ya en los primeros libros sagrados, como el Levítico, que todo lo que tocaban mientras menstruaban era impuro. Las que empezaron a disentir fueron tratadas de brujas y quemadas en la hoguera o expulsadas.
Limitaron que pudieran estudiar hasta el siglo XX, y lo continúan haciendo en Afganistán y en Uganda, con la mirada de los puritanos y pudientes occidentales puesta en otro lado. Las violaron y abusaron de ellas en las casas, en los trabajos, y como hemos comprobado públicamente gracias al movimiento Me too, también en la industria del cine. Empezamos a decir la verdad. Un pequeño velo se descubrió y no nos vamos a callar. Todas a por todas.
Ahora que podemos contar y tenemos estadísticas, sabemos horrorizadas que el 25% de la población de hombres (la cuarta parte) cree que es normal pegar a las mujeres, a sus esposas y a sus amantes de forma habitual. Y que esto no es violencia, es lo normal. Que el sexo de los académicos, de los consejos de administración, de los directores de centros, de los gestores es mayoritariamente masculino, aunque las ministras del último gobierno en España han demostrado su valía sobradamente en todos los campos.
Con la negación de la visibilidad de las mujeres vamos a tener que ir todas a por todas. Todas defendiendo los derechos a la vida y al trabajo digno. Defender los derechos a la salud, al estudio, al trabajo, al envejecimiento saludable y digno es la esencia del feminismo. Defendiendo el derecho a la maternidad y lactancia dignas, y a la no maternidad y a la no lactancia igualmente dignas.
Es cierto que según el origen de cada una nos acercaremos a defenderlos desde una perspectiva distinta, pero sabemos reconocer quien lucha para defenderlos y a quien lucha para volver a someternos o esquilmarnos. Hay feminismos diversos, pero todos defienden o deberían defender el derecho de las mujeres a vivir en salud sus propias diferencias y a no sentir vergüenza ni ocultar sus vidas, sus deseos y sus ideas.
Si alguien quería vencernos y anularnos lo tenía claro: había que separarnos y enfrentarnos. Lo intentaron cuando quisieron enfrentar el feminismo de la igualdad y el de las diferencias, y nos unimos por la igualdad de derechos ante la vida, que nos permita vivir en libertad nuestras diferencias.
Hemos conseguido, de manera aún muy tímida y en países aún escasos, que no se entregue dinero público para la investigación en salud que no incluya mujeres, minorías étnicas y opciones sexuales en los trabajos de investigación. Si vamos a por todas, estamos consiguiendo que las sociedades de oncología adviertan que no han estudiado las diferencias en el cáncer entre mujeres y hombres, y que ellas están teniendo muchos efectos secundarios en los tratamientos. Si vamos a por todas, se empiezan a dar cuenta de que hay causas de enfermedad cardiovascular que son específicas para las mujeres, como el ovario poliquístico, la eclampsia gravídica, la terapia del cáncer de mama, y la mayor mortalidad postinfarto, en que se mezclan diferencias biológicas y sociales.
Si vamos a por todas, podemos enfrentarnos a la violencia que se está ejerciendo sobre las profesiones sanitarias, más hacia las mujeres, violencia física y verbal, que se ha agudizado después de la pandemia. Violencia que se agudiza por la ineficiencia del sistema, que con las largas listas de espera hace desesperar y perder la paciencia, de las mal llamadas pacientes, que tardan meses en conseguir un diagnóstico de enfermedades graves. La incertidumbre sobre el futuro agrava siempre los problemas de salud. Si no vamos a por todas no cambiaremos nunca el androcentrismo en la gestión sanitaria.
La denuncia de las agresiones, la denuncia de las muertes por violencia machista, ha sido y es necesaria, pero da una visión de las mujeres como víctimas, y hemos de pasar de la queja a la propuesta de cambios. Y no podemos cambiar nuestro entorno, sin que nuestras compañeras de Afganistán puedan estudiar desde niñas, sin que nuestras amigas de Irán puedan peinarse o llevar lo que deseen en la cabeza sin que las maten, sin que todas las mujeres de nuestro entorno, y todas las mujeres del mundo puedan ir a por todas. Con la sororidad por delante.